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RELATOS INFIDELIDAD

NENA LUCIA

Cuándo Ángela salió del baño, parecía en problemas para tenerse de pie. Se apoyó en el marco de la puerta de los baños como si le faltara el oxígeno. Tal que si esto último fuera cierto, su respiración seguía acelerada, a pesar del esfuerzo de la joven morena en calmarla. Sus generosos pechos adolescentes iban y venían bajo su camiseta, húmeda de sudor.

Ángela echó un vistazo a la mesa donde había estado sentada. Niña Lucía sonreía satisfecha, Joan la miraba con preocupación. De pronto, el odio que le inspiró Niña Lucía creció y se multiplicó varias veces antes de que la pequeña rubia diera su última calada al pitillo. Cuando el humo salió de su boca, emborronando su cara, Ángela se incorporó ofendida y se marchó del bar sin una sola palabra más.

“¡Ángela!”- intentó llamarla Joan, pero la joven ni siquiera volvió la vista atrás.

“Déjala, ya se le pasará.”- dijo, seriamente, Niña Lucía.- Anda, cariño, pídeme otra coca-cola.

“Discúlpate.”

“¿Qué?”

“Llama ahora mismo a Ángela y pídele perdón.”

“¿Y si no, no me pedirás la coca-cola? ¡Qué crueldad!”- rió, sarcástica, la joven.- “Me voy a casa a ducharme. Nos vemos esta noche en el “Jhonny’s”. A las nueve y media. No te retrases, cielo.”

Y, levantándose de la mesa, Niña Lucía salió del bar, dejándole la cuenta a Joan.

 

I. El “Jhonny’s”

La noche ya mordía las aceras a las nueve y veinticinco, cuando Joan, prácticamente solo, esperaba a Lucía.

“¡Joan!”- le saludó una voz femenina desde la otra acera. Al volverse, el joven vio llegar a Ángela, corriendo por la calzada.

“ Hola, Ángela. ¿Has hablado con Luci?”

“No. Y espero no tener que hacerlo. Joder. Lo que ha pasado esta mañana…”

“Tranquila, Ángela, sé que no has tenido tú la culpa.”

“¡Claro que no he tenido la culpa!”- se indignó la morena.- “Pero, joder, aunque parezca mentira, estoy preocupada por Lucía. No parece propio de ella…”

“A mí también me ha sorprendido… joder… esa no es la Luci que me gusta. No sé. Lo que te ha hecho no tiene nombre. Hoy no parecía ella.”

“Olvidémoslo, ¿vale?”- respondió, azorada, Ángela.

“Está bien, Angie… esta noche es para disfrutar.”- La sonrisa de Joan era franca y tranquilizadora. Ángela no pudo evitar abrazar al comprensivo joven; abrazo que Joan devolvió con afecto. El abrazo duró bastante. Sólo se separaron cuando, ambos, notaron que sus corazones se habían acelerado.

Ángela, ruborizada, observó cómo Luis abría la puerta de la discoteca junto con un par de empleado de la misma desde dentro y dijo:

“¿Vas a esperar a Lucía? Yo me voy dentro, a ver si viene Nacho…”- susurró,  dirigiéndose al local sin siquiera esperar respuesta.

Joan, aturdido por la sensación que los pechos de Ángela habían dejado sobre su cuerpo, se dejó llevar por sus pensamientos. Extrañamente, su mente volvía una y otra vez a los mismos ojos, a la misma boca, al mismo coño. Los de Niña Lucía. En ése instante, la odió. No porque hubiera cambiado, no por lo que le había hecho a Ángela, no… la odió porque no podía olvidarla. La odió porque la quería demasiado.

“Hola, cielo. ¿En qué piensas?”- la voz de Niña Lucía le sorprendió por la espalda. Joan saltó sorprendido, tal y como lo hizo la primera vez que quedó con ella, en el parque, cuando Niña Lucía hizo lo mismo, deslizarse a sus espaldas con el sigilo de una ágil gata y sorprenderlo juntando la boca a su oído.

“Luci… joder… ¿Cuándo has llegado?”

“Ahora mismo. Tú estabas en Babia y decidí sorprenderte.”

El alegre beso sorprendió a la joven rubia. Creyó que Joan le seguiría guardando rencor por lo de esa mañana, pero bien pareció que no era así cuando Joan abrazó a la quinceañera y juntó sus labios con los suyos.

Caminaron hacia la entrada del local, donde un musculoso guardia impidió pasar a Niña Lucía.

“¿Cuántos años tienes, niña?”

La rabia mudó los ojos y las mejillas de la jovencita. Todas sus compañeras habían pasado. Harta. Estaba harta. Harta de parecer una niña, harta de serlo a los ojos de todos. Harta de que no se contara con ella como mujer. Harta de que su mente tuviera mucha más edad que su cuerpo y de que eso nunca, nunca importara.

Niña Lucía intentó balbucir algo. Joan y el propio segurata pensaron que no pudo por los nervios propios de una niña cogida en falta. Pero era la ira. La ira disimulada de Lucía era la que no le dejaba hablar.

“¿Qué coño pasa aquí?”- Luis, como guardián salvador de la fiesta y de Lucía, apareció por la puerta.

“No tiene edad para entrar en la disco.”

“Joder, ni yo tampoco, pero es mi amiga y yo he planeado la fiesta así que no me jodas y ya la estás dejando pasar. Por mis huevos. Anda, Lucía, pasa.”- afirmó Luis, sonriendo con su seductora sonrisa de niño travieso.

“Muchas gracias, Luis.”- al pasar por su lado, alegre y sonriente, Niña Lucía se inclinó hacia él y le plantó un cálido beso en la mejilla que hizo sonreír a Luis y apagar un gruñido a Joan.

Sin embargo, Joan y Lucía, juntos, con la mano abarcando la cintura compañera, entraron en la discoteca que ya comenzaba a llenarse de amigos, compañeros y completos desconocidos de la feliz pareja.

Luis seguía en la puerta, examinando a los asistentes y rememorando si los había invitado él. Se sentía poderoso. Era el guardián de la gran puerta. Supo, con orgullo, que esas jovencitas atractivas que él dejó pasar a “su fiesta privada”, hubieran hecho cualquier cosa para que las dejara entrar. Se excitó sólo de pensarlo. Como encargado de la entrada junto con “Jerry”, el seguridad (Luis era el cerebro, el otro los músculos, formarían una pareja temible), podía escoger quién pasaba y quién no. Normalmente, los primeros eran todos sus conocidos y algunas muchachas de su edad y más mayores (pese a que no le disgustaban sus compañeras, al haber repetido dos veces y, consecuentemente, ser dos años mayor que ellas, le resultaban demasiado jóvenes para su gusto). Los segundos, cualquier persona que a Luis no le gustara.

 Cuando pensó que la discoteca estaba suficientemente transitada, se retiró hacia la cabina del DJ y se preparó a dar inicio a “Su fiesta”. Un baile de luces, como el relámpago antes del trueno, vaticinó las palabras del joven.

“¡Hola a todo el mundo!”- gritó, micrófono en mano, Luis.- “¡Sé que habéis venido aquí a divertiros, a disfrutar, y si hay suerte a echar polvos!”- aplausos y risas, muchas risas, premiaron al maestro de ceremonias.- “Así que, por mí… ¡Que se abra la barra y comience el desfase! ¡Vamos!”

La inclemente música se sobrepuso al grito último del joven. Las luces bailaron sobre los jóvenes cuerpos que comenzaron a moverse al ritmo sin piedad que imponía el DJ. Joan y Lucía ya habían encontrado a Ángela, y ésta a Nacho, su chico, que creyó conveniente ser el que inaugurara la barra libre de la noche.

“¿Qué, chicos? ¿Qué os parece mi fiesta?”- desde el juego de humo, luces y oscuridad, surgió Luis, sonriente y abriendo los brazos, como si, de verdad, quisiera abarcar cada punto de “su fiesta”

“¡Wuuuuuu! ¡De puta mare, tron!”- respondió, gritando para imponerse a la música, Nacho, con su ron con cola bailando en la mano que no tenía ocupada abrazando y sobando con descaro el cuerpo bien proporcionado de Ángela.

Los cuatro compañeros asintieron y Niña Lucía se inclinó hacia el oído de Luis.

“Oye, Luis, muchas gracias.”

“¿Por qué?”

“por lo de la puerta”

“Naaaaaadaaa… Esta fiesta no sería lo mismo sin ti”- sonrió el joven, y guiñándole el ojo, volvió a hundirse entre el caos de la fiesta.

“Chicos, yo me voy a pedir otra… ¿Queréis algo?”- dijo Nacho, sin dejar de moverse al ritmo de la música y agitando el vaso vacío ante sí.

“¡Pero Nacho, tío! ¿Ya te lo has mamao?”- se sorprendió Joan.

“Sssssss…”- respondió, a modo de afirmación.- “Es gratisssssss”- terminó, alargando voluntariamente la “s” final.

“no, no quiero nada”

“A mí me traes un vodka con limón”.- Se apresuró a decir Niña Lucía, con una sonrisa.

Ángela, como si no quisiera quedarse atrás, concluyó las respuestas:

“Tráeme algo a mí, lo que tú quieras, cariño.”

“Está bien”- asintió Nacho, un joven de melena castaña y ojos azules, parte de un “intenso” tira-y-afloja con Ángela desde principio de curso que al final parecía haberse resuelto con el germen de un noviazgo.

 

II. Litros de alcohol…

El vodka cayó en las manos de Lucía como un muslo de pollo en las manos de un hambriento. Nadie en todo el curso podía decirle a Lucía “borracha”. Pero le gustaba beber. Y normalmente, “beber” incluía demostrarle a sus compañeros que su frágil cuerpo de 45 quilos tenía más aguante que los fuertes cuerpos masculinos que aceptaban la apuesta que, ineludiblemente, perdían ante Niña Lucía.

“venga, Joan, tómate algo, no seas mustio”- susurró Niña Lucía antes de darle a su chico un cálido beso empapado de vodka.

“A la próxima.”- se resignó el joven, respondiendo al beso con pasión. Sí. Era verdad que estaba loco por Niña Lucía. Ya casi no le importaba lo que la joven rubia de pechos niños había hecho esa mañana, es más, si lo recordaba…

“Tranqui, cari… que tu amiguito está despertando…”- rió, en su oído, Niña Lucía, empujando sus caderas hacia él y frotándose descaradamente en el no menos descarado bulto de la entrepierna de sus vaqueros.

El baile siguió. Las luces y la música hacían imposible pensar en nada más que en mover el cuerpo al ritmo del martilleo de la música.

“Bueno, nanos… ¿Voy a por otra?”- la voz jovial y alegre de Nacho atravesó el beso que, en ese momento, se daban Lucía y Joan.

“Joder, Nacho… ¿Ya?”- Ángela, que daba cortos tragos a su cubalibre, aún tenía éste por la mitad.

“Si es que, nena, si usaras esa boquita de piñón en beber más rápido…”- sonrió Nacho.

“joder… vete a la mierda.”- con gesto enfadado, Ángela agotó de un trago todo el cubalibre. Abrió la boca, sacando la lengua como intentando tomar algo de aire que refrescara el asqueroso sabor a alcohol puro que había quedado en la garganta.- “Ya está.”

Los cuatro, Joan y Lucía, Ángela y Nacho, marcharon a la barra, entremezclándose con los cuerpos sudados entre los que, de vez en cuando, encontraban algún compañero de clase al que saludaban. Una vez llegados a los atractivos camareros y camareras, que parecían desdoblarse para atender a todos los jóvenes que les pedían su malsana dosis de alcohol, pidieron una nueva ronda para cuatro.

“¿Y por qué no a chupitos?”- nuevamente, desde la nada, se materializó Luis, detrás del grupo y pasó un brazo sobre el hombro de Lucía y otro sobre el de Joan.- “Julia, saca un par de botellitas de cazalla y cinco chupitos.”

Lucía, entusiasmada, aceptó la apuesta, al igual que Nacho, al que ya no le importaba lo que entraba en su organismo, y Ángela, que no quería quedar opacada por el ímpetu de su amiga. Joan, viéndose sólo entre los abstemios, claudicó y se unió al enemigo.

Rápidamente, Luis sirvió los cinco chupitos y los repartió entre el grupo.

“A ver… ¡Por los cumpleaños de Luis, que duran meses y son la puta hostia!”- brindó Niña Lucía alzando su vasito. Todos rieron y repitieron el gesto.- “¡Para adentro! ¡Uaaaaaaahhhh!”

Los cinco abrieron la boca tras tragar el licor, como si esperaran ver una llamarada salir de su garganta.

“¡Otra!”- animó Nacho, con la lengua de trapo a causa del alcohol.

Sin más, Luis sirvió otra ronda de cinco, dejando a la mitad la botella de cazalla.

“Poooor…”- empezó Niña Lucía-“¡Por los camareros del cumple de Luis, que están como un tren!”

“Ooooyeeeee…”- se hizo el indignado Joan. Todos rieron nuevamente.

“Venga, por los camareros y camareras del “Jhonny’s”, que son bellezas de revista.”- apuntó Luis, y todos volvieron a beber.

“¡Uuuuuu! Creo que después de esta yo me retiro.”- dijo Ángela. Las mejillas sonrosadas y la mirada perdida brillaban en su cara maquillada. Se apoyó en Nacho, temiendo caerse, aun cuando su chico parecía en igual estado que ella.

Dos chupitos más tarde, Joan se retiraba al igual que Ángela, y se quedaba con ésta viendo la apuesta, aunque intentando que su chica dejara de beber, temiendo por su “integridad”.

“tranqui, cari. Yo aguanto mucho más que estos dos.”- la lengua de Lucía trastabillaba en su boca. Los vapores etílicos la cubrían y, borracha, parecía incluso, extraña contradicción, más inocente.

Tras otro chupito, los tres contendientes se miraron, buscando el síntoma de debilidad que les diera más confianza en su victoria.

“¿Estamos bien?”- los preciosos ojos azules de Luis escrutaban a sus rivales, revestidos del brillo de la borrachez.

“Sip.”- se tambaleó Lucía.

“Claro…”- empezó Nacho, justo antes de entiesar su cuerpo y taparse la boca con una mano. Casi instantáneamente, salió disparado hacia los servicios, trastabillando y empujando a los cuerpos que se encontraban en su camino.

“Pues no está tan claro oye…”- rió Lucía, y estallando en risas, se agarró a Luis, que reía, como ella, con una risa cargada de alcohol.

“Voy a ver que no le pase nada”- dijo Joan, siguiendo el camino que su colega había tomado y disculpándose por su parte ante los jóvenes que Nacho había tirado al suelo en su carrera.

“Venga… otra.”- Dijo Luis, antes de saludar con todo cortesía y nada de interés a un compañero que quiso felicitarlo por la fiesta.

“venga.”

Y a esa otra le siguió otra, y luego otra, así hasta que, quedando nada más que el culo de la segunda botella de cazalla, Luis admitió la derrota.

“joder, Luci… tú en otra vida eras un camionero, ¿verdad?”- rió Luis, antes de resbalar y tener que apoyarse en la barra para no conocer más de cerca el suelo.

“Claro”- respondió, sonriendo, Lucía entre las brumas del alcohol.- “Por eso me gusta Ángela… es igual que las tías de las revistas de mi camión. Y como ya me la he follado…”- rió Lucía.

La sorpresa calló instantáneamente a Luis y a Ángela, que miró a Lucía como si quisiera matarla. Hasta que de pronto…

“¡Juajuajuajua!”- estalló Luis en carcajadas.- “Claro… tú te has follado a Ángela y yo a Joan. De noche me da por el culo y de día le doy yo…”- siguió entre risas el joven, arrastrando a sus risas a Ángela, que suspiró aliviada. No se arrepentía de lo que había hecho con Ángela aquella noche que las dos se abrieron algo más que el corazón, pero no quería que nadie más lo supiera porque nadie lo iba a entender como ellas lo entendieron.

“Bueno… te he ganado, Luis… ya veré lo que pido de premio…”- sonrió Niña Lucía. Irguiéndose y sacando pecho, su pequeño pecho más de niña que de mujer.

“Verás… es que yo soy pobre… pero si quieres que te lo pague en carne…”- siguió bromeando Luis.

“No tienes valor”- respondió Lucía. Y, aunque seguía sonriendo, a Luis le pareció que no lo decía en broma.

“Luci… creo que por ahí viene Joan…”- intentó cortar Ángela, viendo como Joan traía, con gran esfuerzo, a Nacho, que parecía tan débil como si no hubiera comido en semanas. “Idiota” pensó Ángela, cruzándose de brazos.

“Joan…”- gritó Niña Lucía con retintín, justo antes de salir corriendo hacia él y acabar tirándose en sus brazos, aunque eso significase que Joan debiese soltar a Nacho para impedir que su chica lo tirara al suelo.

“pero, Luc…”- Joan no pudo decir nada más. Lucía, sin cortarse, lo besó invadiéndole la boca con su pequeña pero larga lengua. Nacho mismo escuchaba los lúbricos sonidos de la lengua de Lucía peleando con la de Joan, que comenzaba a despertar. Aturdido, creyó que flipaba cuando la pequeña y frágil Lucía comenzó a frotar su faldilla vaquera sobre las piernas de su chico, como si quisiera masturbarse con él y la ropa puesta.

“¿Ángela? Oye, Joan.”- Nacho tocó varias veces en el hombro de su amigo, intentando interrumpir su pasional ósculo.

“¿QUÉ?”- se quejó Joan separándose por un momento de Lucía, visiblemente irritado por la interrupción.

“¿Dónde está Ángela?”- Nacho, tambaleándose, no quiso darse cuenta del tono de su amigo.

“Allí está”- le dijo Joan, señalándole la barra.

“Ah, vale”- respondió tontamente, y empezó a caminar yéndose de un lado a otro.

“Espérame, cariño, voy al baño… y ahora seguimos.”- susurró Lucía, con la sonrisa como la mirada, perdida.

“Está bien, estaré con Nacho y Ángela hasta que vuelvas”

“Vale.”

Niña Lucía llegó a los baños, extrañamente vacíos, aunque no tanto si consideraba que era una fiesta  privada, y se introdujo en el último cubículo, una vez allí, se arrodilló y vomitó su borrachera en el váter.

La cabeza le daba vueltas, notaba las rodillas mojadas, pero no le importaba. Se sentía mal. Una vez más, devolvió en el inodoro, y el olor que subió desde el mismo le causó una nueva náusea. Pero pudo dominarse y calmar su estómago herido de alcohol.

Escuchó la puerta abrirse y cerrarse y unos pasos acercándose a ella. Y una voz llamándola por su nombre. Seguramente sería Ángela, pensó.

“¿Ya estás mejor?”- preguntó la voz.

“Sí, gracias…”- susurró Niña Lucía dándose la vuelta.

***

“¿Dónde está Lucía?”- preguntó Ángela al ver venir a Joan solo.

“Se ha ido al baño… si quieres acompañarla…”- sonrió el joven, viendo como Nacho, medio dormido, dejaba caer su cabeza sobre el hombro de Ángela, aprovechando para observar el excelente canalillo que ostentaba la muchacha con sus generosos pechos.

“Pues sí.”- respondió secamente, desembarazándose de Nacho, que parecía querer derrumbarse donde fuera, sin importarle ya nada.

Sin embargo, cuando llegó a los mismos, se encontró la puerta cerrada con llave y un letrero de “En reparaciones”. Con gesto contrariado, su mirada se desvió hacia el baño de caballeros, pero tenía el suficiente trajín como para que Lucía no se hubiera metido ahí si no quisiera acabar siendo el centro de una violación masiva.

Sintiendo un pálpito en el corazón, se asomó a los baños, sólo para encontrarse con la negra camiseta de un compañero de colegio, del curso superior a ella, rellenada por el enorme cuerpo de dicho compañero. Lo conocía.

“Marcos… ¿Está Lucía ahí?”- preguntó.

“¿Tu amiga? ¿Qué coño pintaría aquí? ¿Estás tonta o qué?”

 

III. En los baños. PX

“Ho-hola, Luis”- musitó Lucía, al encontrarse cara a cara con Luis.

“Ya sabía yo que no podías haber salido tan bien de la apuesta cuando yo he tenido que potar tres veces”- sonrió el joven, extendiéndole gentilmente la mano para ayudarla a levantarse.

“Ves, te gano otra vez. Yo sólo he potado dos veces.”- rió Lucía, justo antes de volver a girarse hacia el interior del cubículo e igualar las cuentas.- “Vale, empate”- casi sollozó la joven limpiándose la boca con el dorso de la mano.

“Tranquila, Luci, anda, levanta. Has demostrado que nos ganas a todos los tíos de aquí”- dijo Joan, ayudándola a incorporarse y acompañándola hacia las pilas, a que se limpiara la boca.

“gracias”- murmuró Niña Lucía, que en el corto camino, perdió pie y tuvo que agarrarse nuevamente de Luis para no caer. Las manos fuertemente agarradas en los hombros de Luis, sus pies, perdidos la verticalidad y sin poder apoyarse, y la cabeza pegada al pecho del joven, que clavaba sus preciosos ojos azules en los verdes de Lucía. Su sonrisa de niño acomodó a Lucía entre sus brazos, que la estrechaban para no caer.

“Venga, Luci, tienes que despejarte un poco”- siguió sonriendo Luis, sin apartar su mirada de los ojos de Lucía.

Niña Lucía tragó saliva. Luis… tan seguro, tan fuerte, tan niño en su cara y tan hombre en sus acciones… justo el contrario que Joan. Cuando pensó en Joan, automáticamente, se esforzó en recuperar pie y en dirigirse por sus propios medios hacia la pila, donde mojó sus manos para limpiarse la cara, y refrescarse antes de limpiarse la boca para quitarse el amargo sabor.

Cuando se incorporó, pudo ver al joven mirándola a la vuelta del espejo, con la misma sonrisa de niño en sus labios y sin dejar de observar sus ojos fijamente, casi de forma hipnotizadora. A Niña Lucía le parecieron los ojos más preciosos que jamás hubo visto. Se quedó completamente quieta, esperando que fuera él el que hiciera el primer movimiento.

Luis, tomando aire, comenzó a caminar hacia ella…

***

“¿Y Lucía?”- Joan se esforzaba en mantener la verticalidad de Nacho, que lo miraba todo con grandes ojos abiertos como si fuera la primera vez que lo viese todo. Si no fuera porque su cabeza viraba sin rumbo fijo y que mantenía la boca fuertemente cerrada, parecería simplemente que el juego de luces le estaba asombrando.

“No lo sé. Los baños de chicas están cerrados. A lo mejor ha salido a uno de los baretos de aquí fuera.”- Respondió Ángela, viendo el estado de Nacho, mitad pena, mitad asco.

“Bueno, pues salimos a ver si está y de paso buscamos un taxi para Nacho”

“no, no, tíos… yo quiero quedarme aquí. Déjame quedarme aquí. Iros a llevar a Luci a casa si eso y… ¿Dónde está Luci?”- pidió, con torpeza, el aludido.

“Vamos, Nacho, vamos para casa”

“no, no, tío… no voy.”

“¿Cuántos dedos ves aquí?”- le interrumpió Joan, poniendo ante él un par de pajitas que cogió del mostrador.

“Vale, nano, vamos pa’ casa”- se resignó Nacho, dejándose apoyar en Joan, que lo fue arrastrando hacia la puerta.

“¿Y qué hacemos con Luci?”- preguntó Ángela.

“Ahora luego la llamo. Ahora el que me preocupa es éste”- dijo, señalando con la cabeza a Nacho, que acababa de girarse hacia una morena de buenas curvas que acababa de pasar por su lado diciendo:

“Eh, Ángela, ¿Dónde vas? Ven, que te quiero t… No sé qué le iba a decir”- dijo, señalando a la desconocida muchacha que, sin hacerle caso, se había perdido por el mar de gentes.

***

Lucía y Luis se besaban. Con pasión, con rabia, como dos fieras enjauladas. Las manos de Luis se aferraban al culo de Lucía y las de ésta le agarraban de la cara como si temieran que se escapara. Mientras, daban bandazos por el estrecho baño.

“¿Y si entra alguien?”- trató de detenerse Lucía. Como única respuesta, Luis le enseñó unas llaves y volvió a atacar sus labios. Niña Lucía, cubierta de sudor, comprendió el gesto y devolvió el beso.

Joan… Joan estaba allí fuera, quizá buscándola, con Ángela y Nacho. ¿Estarían preocupados por ella? La boca de Luis era un territorio a explorar por su lengua; la espalda, un terreno virgen en el que sus uñas soñaban con arañar la primera colonia. El corazón le latía desesperadamente, la cabeza le daba vueltas… allí fuera Joan le estaba buscando y ella no podía más que besar a Luis. Que besarlo con toda su alma, con todo el alcohol que llevaba por las venas, enredándose y haciéndose uno con la cachondez que comenzaba a embargarla.

Sus pies perdieron contacto con el suelo. Volaba. Supo que estaba abrazada con brazos y piernas a Luis, pero le daba igual, volaba. El alcohol le entorpecía la mente y la hacía volar mientras allí abajo, su novio seguía buscándola.

Se encontró de pronto sentada en las pilas del baño, Luis seguía besándola perro sus manos ya empezaban a pelear con su pequeño top, que tenía bien poco que proteger, pero que a Luis, tan borracho como ella, tan cachondo como ella, no le importó comer con glotonería. Su pezón izquierdo y la parda areola desaparecieron en la boca de Luis. Joan seguiría buscándola, las manos de Luis buscaban el cierre de la falda vaquera, Lucía pensó que la segunda búsqueda le resultaría más fructífera, así que, mientras con una mano apretaba la cabeza de Luis contra sus diminutos pechos, con la otra acompañó a los dedos de Luis hasta las puertas del cierre de su falda.

Niña Lucía levantó el culo para permitir que Luis le quitara la falda. Allí quedó ella, vestida únicamente con sus braguitas y los zapatos que, Luis, con absoluta reverencia, comenzó a quitarle. Niña Lucía, entre suspiros, se inclinó para quitarle la camiseta, y descubrir así el bruñido y afeitado torso de Luis, campeón de natación del colegio desde varios años atrás. El sudor brillaba en su piel morena, marcando cada músculo, poderosa máquina que buscaba su cuerpecito delgado para follársela.

“Joder Luci… El tío era una máquina forjada en el gym…”- casi como si la estuviera oyendo en ese instante, Lucía rememoró las palabras de Ángela, cuando ella misma contaba su mejor polvo. Cuando Luis comenzó a quitarle las bragas, se percató de que la humedad de su propio coño lo pegaba a su piel.

Desnuda. El propio significado de la palabra la embargó. Joan era el único chico que la había visto sin ropa. Pero, supo, era la primera vez que estaba completamente desnuda, indefensa ante Luis. ¿Qué extraño influjo tenía sobre ella? ¿Quizá era el alcohol que mareaba su cabeza y confundía sus emociones? No, había algo más, había… habían dos dedos extasiándole la piel de los muslos y el resto del mundo le dejó de importar. Ya no existía Joan, sólo existía Luis… gimió cuando un dedo entró sin ningún impedimento hasta el fondo de su coño. Luis lo sacó y se chupó el dedo, con lujuria, con lascivia. Niña Lucía no podía hablar. ¿Alguna vez Joan la había follado con lascivia? ¿Era demasiado esclavo de su amor para follársela como la iba a follar Luis? Cierto, Luis la iba a follar. Supo que no había marcha atrás, sólo adelante.

Luis se desnudó y, un instante antes de que la penetrara allí mismo, en las piletas del baño de una discoteca, Niña Lucía clavó sus ojos en el cuerpo por el que sus compañeras morían. Luis era el blanco de los sueños de casi toda la facción femenina del curso. Guapo, listo, rico, fuerte… ¿Mejor que Joan? En ese momento, con la vista resbalando por su piel brillante de sudor, y las piernas abiertas esperando la primera invasión, Niña Lucía lo tuvo claro. Mucho mejor que Joan.

Luis apuntó su verga entre los carnosos labios de Lucía y empujó. Gritó de placer Lucía al sentirse llena. Aquella polla no era más grande que la de Joan, pero sí parecía llenar más, no sabía por qué. Igualmente sabía que no debía comparar, que no debía pensar en Joan, no ahí, no ahora, pero lo hacía. Mientras Luis la penetraba, una y otra vez, convirtiendo el baño en el campo de los gemidos de la rubia adolescente, Niña Lucía pensaba en Joan, en que estaba follando con su amigo, en que le estaba traicionando. Niña Lucía, por un momento, pensó en escapar, pero, cuando se abrazó más fuerte a Luis y sus piernas se cerraron, supo que, aunque pusiera todo de su parte, su cuerpo no le respondería y seguiría allí, follando con alguien que no era su novio, follando con alguien que la penetraba una y otra vez sin amor, sólo con pasión.

Niña Lucía oyó un lejano zumbido, un zumbido que creyó en su cabeza, fruto del placer, del alcohol, de la culpa, de algo… pero no… el zumbido venía del suelo, de la falda vaquera de la joven, que parecía temblar. Luis, sonriendo, sacó su polla del coño de Lucía, que se quejó amargamente al sentirse abandonada, por lo que el joven se vio obligado a mantener a sus dedos sustituyendo al falo que se alejaba de Lucía. Agachándose, Luis levantó la falda con la otra mano y rebuscó hábilmente en el bolsillo trasero hasta extraer el móvil, miró la pantalla y una sonrisa perversa, que extrañamente casaba bien con su cara de niño rubio, volvió a embutir su polla en el húmedo chocho de Lucía, que se retorcía del placer.

Luis, extendiéndole el móvil mientras seguía penetrándola, sonrió y dijo:

“Contesta. Es Joan”

El corazón le dio un vuelco a Lucía. ¿Contestar? No, no podía, no podía siquiera hablar, Luis, a pollazos, se llevaba su voz entre gemidos.

“Contesta”- repitió Luis, con voz firme, sin detener un ápice el movimiento y mostrándole nuevamente el móvil.- “Contesta o contesto yo”

“¡NO!”- el grito y un gemido de placer fueron todo uno. Sin embargo, Niña Lucía agarró el móvil y, temblando, pulsó el botón verde.

“¿Lucía?”

“Ho-hola, Joan”-Niña Lucía hacía un esfuerzo supremo para no delatarse en los gemidos.

“¿Dónde estás? Ha ido Angie a por ti y los baños estaban cerrados… ¿Estás en un bar de fuera?”

“No… sí. Sí, est...”- La pequeña rubia se vio obligada a alejar el móvil de su boca y apagar al gemido en su garganta. Luis seguía penetrándola, lentamente, con movimientos circulares, retrayéndose antes de que su cadera chocara con el cuerpo de Lucía, y evitando así la sonora palmada entre las pieles.- “Sí, estoy en un bar… pero no me encuentro… no me encuentro bien. Me voy a ir a casa y… ¡Ah!”- la joven no pudo evitar un gemido de placer.

“¿Luci? ¿Estás bien? ¿Voy a buscarte?”

¿Qué estaba haciendo? Joan estaba allí fuera, y ella no podía hacer otra cosa que acompasar sus caderas al movimiento que Luis imprimía sobre ella. Follaba con Luis sin que Joan lo supiera. No era Joan con quien follaba. ¿Y si se enterase? Perdería al único hombre que le había hecho el amor. Aunque ella siempre follara, Joan siempre le hacía el amor.

“No. No hace falta.”- los ojos de Lucía amenazaban con quedarse en blanco. Luis había encontrado la velocidad perfecta. La velocidad justa para mantener el nivel de la excitación sin que decayera, pero sin posibilidad de correrse. La estaba castigando. Luis la estaba castigando por ser una niña mala, y por eso la obligaba a hablar con su novio mientras la follaba. Para que disfrutara haciendo algo tan execrable como engañar a su novio. Y ella no podía hacer nada. Se odió, pero le encantaba la situación, su corazón revolucionado amenazaba un infarto. Infarto antes de los dieciséis. Infarto poniéndole los cuernos a su chico. Infarto follando en los baños de una discoteca, a escasos metros de centenares de amigos y compañeros. ¿Por qué le excitaría tanto el peligro que sentía?

“Vale, yo me voy a acompañar a Nacho y Ángela a su casa. Llámame cuando puedas, cariño.”

Cariño. El cariño de Joan. La crudeza de Luis. El amor de su chico, la pasión de su amante. La cabeza le daba vueltas, las piernas, abrazando a Luis, le temblaban…

“¡Dios!”- cuando creyó que el clímax la azotaría con fuerza, simplemente se quedó a las puertas, mientras Luis no dejaba de mirarla a los ojos, fijándose en cada gesto de su cara. Él se la follaba y ella intentaba hablar con su novio. Luis sonreía.

“¿Luci? ¿De verdad que estás bien?”

“Sí.”- Niña Lucía no podía aguantar más. Colgó el teléfono y lo lanzó a un rincón del baño, bien lejos, a chocar con la pared y, con suerte, romperse para que dejase de molestar.

Que no le importaba Joan. Que no le importaba Nacho. Que no le importaba Ángela. Que el que le importaba era el compañero que, haciéndola faltar a las normas de la fidelidad, la tenía de piernas abiertas y recibiendo su polla en las entrañas.

“Vente.”- Sin desencajarse de la joven adolescente, Luis se inclinó sobre ella y coló sus brazos bajo su espalda. Con fuerza, la levantó, haciendo a Niña Lucía apoyarse únicamente en las manos, que tenía alrededor del cuello, y en la polla de Luis, que seguía hurgándole el coño.

Sonriendo y yendo hacia atrás, Luis la fue llevando hacia el cubículo de uno de los retretes, hasta que, bajando la tapa del mismo, se sentó sobre él.

“Cabalga”- ordenó Luis, y Niña Lucía, con las mejillas arreboladas de cachondez, obedeció. Arriba y abajo comenzó a moverse. Arriba y abajo sobre una polla que no era la de Joan. Arriba y abajo sobre una polla que cabalgaba con placer. Con placer extremo. Aceleró. Notaba nuevamente el goce gestarse en su vientre y esta vez no quería quedarse a las puertas como antes. Aceleró los movimientos, el choque de las pieles se hizo más notable. Resonaba en la habitación junto con los gemidos y gruñiditos de Niña Lucía que, completamente desnuda, con sus pechos mínimos frotándose sobre el amplio torso masculino de Luis, se follaba a alguien que no era Joan.

Niña Lucía comenzó a escuchar una musiquita. Le pareció, nuevamente, alucinar a causa del placer, ahora muchísimo mayor que cuando escuchó aquel zumbido. Pero no, Luis tenía un móvil en la mano, y sonaba y vibraba, y llamaba y zumbaba. Pero Niña Lucía ya no podía detenerse. Quien fuera, tendría que esperar. Ella estaba a punto de correrse, un salto más. Otro, otro… botaba con celeridad, en el baño de una discoteca, sobre el cuerpo de alguien que no era Joan, alguien con quien le era infiel a su novio. La misma palabra, “Infiel”, prendió fuego en la cabeza de Lucía y ésta comenzó temblar.

“Contesta, es Joan”- repitió Luis, mostrándole el móvil. Niña Lucía sacudió la cabeza. El móvil cantaba y vibraba, y Luis, con su perversa sonrisa en su cara de niño, lo introdujo entre los dos cuerpos. Niña Lucía no dejaba de moverse, y cuando sintió el móvil (“Es Joan”, había dicho Luis) adherirse a su sexo, justo en el pubis, unos centímetros más arriba de donde su coñito devoraba la tranca de Luis, simplemente… chilló. Gritó y apretó los dientes para que no se enterara toda la discoteca de que le estaba poniendo los cuernos a Joan con Luis en los baños. Gritó y comenzó a temblar, y clavó sus uñas en la espalda de Luis, como si quisiera hacerle daño, como si él tuviera la culpa de lo que Lucía acababa de hacer… Mientras se corría, pensó en Joan, en el idiota de Joan que estaba llevando a casa a Ángela y Nacho, mientras ella gozaba sobre Luis. Sin pensarlo, abrió la boca y mordió. Mordió el hombro de Luis hasta que notó el sabor metálico de la sangre en el paladar. En ése mismo instante, gritando de placer y dolor, Luis se corrió en su interior.

“No… dentro no…”- intentó suplicar la joven, sin dejar de abrazar a su amante de esa noche y sin hacer un solo movimiento para evitarlo. Los dos, temblando, se derrumbaron en el cubículo, sonriendo de satisfacción.

Niña Lucía se separó de Luis, aún completamente desnuda, y cayó hacia atrás, hasta que sus nalgas tocaron el frío suelo de los baños. Al tratar de levantarse, notó que el mundo daba vueltas.

“Estoy borracha…”- musitó tontamente, antes de que la sonrisa se le borrara de la cara y tomara conciencia del reguero de semen de Luis que comenzaba a escurrirse por sus piernas.- “No… ¿Qué hemos hecho?”

Luis, aún sentado en el cubículo, la miraba cansado. El hombro le sangraba muy ligeramente merced al mordisco de Lucía.

“No… no…”- Lucía, echándose las manos a la cabeza, comenzó a recoger su ropa y a vestirse a gran velocidad.

“Oye, Lucía…”- Luis, sin hacer ningún movimiento para vestirse, se acercó a la joven.

“No. No oigo. Luis, esto ha sido un error, no volverá a pasar NUNCA, y esto ni siquiera ha pasado. He hecho una gilipollez, estaba borracha y…”

“Corta, Luci. Sabes que no sólo ha sido eso. Y, en lo más hondo de tu mente, sabes que sí que volverá a pasar.”- Luis había ido arrinconando a Lucía sobre la pila, allí donde todo empezó. La joven lo miraba con ojos de cervatillo indefenso, y él era el predador… él era… era como el tío Rodrigo, pensó Lucía, y la evocación le confirió valor.

“¡Y una mierda!”- la mirada de presa desapareció de los ojos de Lucía sustituida por unos ojos que rebosaban firmeza.- “Mira, Luis. Si tan siquiera se te ocurre mentar una sola vez lo que aquí ha ocurrido, juro por mis muertos que me las pagarás. ¡TÚ NO SABES CON QUIÉN ESTÁS HABLANDO!”

El grito aturdió al joven rubio, que tuvo que sacudir la cabeza intentando buscar en esa mujer tan segura a la inconstante chiquilla que se había follado. “Finalmente, no me he equivocado”- pensó el joven con una sonrisa que procuró ocultar.

“Ahora, abre la puerta y déjame salir.”- terminó Lucía.

Con gesto resignado, Luis sacó las llaves de su pantalón mientras se lo colocaba y se las entregó.

Niña Lucía salió del baño y de la discoteca e intentó parar un taxi.

Nada más sentarse en el aterciopelado asiento, comenzó a llorar.